Escribí este relato en Agosto del 2026 para una dinámica muy divertida llamada "SwingSecuela".

La idea: Escribir una precuela o secuela de un relato que no fue escrito por mi. Al entrar a la dinámica, se me asignó un misterioso relato de otro escritor que narraba el punto de visto de un libro al ser manipulado. El texto me gustó y tenía en mente dos cosas. Primero, escribir con todo el respeto del mundo para que el autor anterior no se sintiera defraudado y dos, agregar un acontecimiento histórico detrás de lo que podría percibir el libro.

El método de escritura es la combinación entre cartas (compartidas entre dos hermanos) y lo que un libro está viviendo desde su último recuerdo. Esta es una secuela al relato anterior llamado Memorias de un regalo por Nathalie de MDE.

In Memoriam


29 de septiembre, 1968
​Hermano,

​Te mando estas líneas escondidas en este libro porque ya no confío en el correo ni en el teléfono. Mamá está con el alma en un hilo, sobre todo porque sabemos que los estudiantes siguen organizando mítines. Es raro, en la escuela todos están emocionados por el inicio de las Olimpiadas, yo, presiento que algo terrible está por suceder.

​Encontré este ejemplar en el librero de la abuela, creo que era importante para ella, hay una dedicatoria escrita con tinta azul. Lo he leído en repetidas ocasiones y me ha encantado, pensé que sería un buen escondite para mis letras. Por favor, prométeme que vas a tener cuidado.

Escuché que están convocando a una manifestación en Tlatelolco la próxima semana. Te lo ruego, no vayas si ves que las cosas se ponen feas.

​Te extraño.
Tu linda hermana, Ana.

P.D. Lee el libro si quieres, pero escóndelo bien y mándame decir con el vecino que estás a salvo.


No hay letargo más incierto que el de permanecer encerrado en libreros, gavetas y cajas de cartón a la espera de ser consumido por la humedad, el polvo y el olvido. Las lágrimas aterciopeladas de aquella mujer fueron el último recuerdo de amor que pude sentir antes de que esas manos jóvenes y cálidas me rescataran.

Si pudiera medir el tiempo habría jurado que fueron décadas de limbo y oscuridad. Tiempo en el cual la única sensación de tacto eran esas estampillas con las que compartía la eternidad. Había aceptado mi destino que sin previo aviso me había sentenciado al perpetuo silencio.

Tampoco pido compasión, los libros como yo, estamos destinados a esto. Durante mi apogeo, aprendí lo suficiente del mundo y de ellos, de las manos, de las voces, de las lágrimas y de lo parecidos que somos.

Pero fueron esas manos tiernas las que invocaron mis más profundos textos de tinta desvalijada. Me tomó con ligereza, con curiosidad. Me palpó sin miedo, resoplando mi suciedad. Amé de nuevo el tacto humano, el gesto de abrir mi cubierta y sentir de nuevo la mirada. Volví a vivir.

Y es que ella, de palpo suave y dócil, de voz tenue y callada y de inocencia infinita, logró recorrerme de principio a fin en más de una ocasión; por momentos olvidaba mi amarillantez, mi fecundo olor a viejo y mi decoloración provocada por la acidez del tacto.

Conocí nuevos parques, cafeterías, y esas tiendas y locales donde habitan otros como yo. Solía hablar de mi con sus amistades, lo sabía porque lo escuchaba a través de su maletín. Estuve sobre su cama, en su escritorio, en los prados, en las mesas, en el Quiosco. Probé de a poco el sabor del café y de la soda, porque en más de una ocasión los derramó. Creí que la vida no me daba, simplemente para existir.

A veces también escribía, y escribía sobre mi. Me usaba de soporte para evitar que las hojas se agujerearan. Era un cosquilleo suave que de poco en poco, iba descifrando. Susurraba suavemente palabras que alcanzaba a traslucidar en el vibrar de mis hojas: “Hermano”, “Terrible”, “Tlatelolco”. Yo no comprendo el mundo más allá de mis tapas, pero sabía reconocer la tristeza. Había escrito aquello con entereza y con la devoción de un santo.

Cuando terminó, dobló la hoja con un palpar sudoroso, me abrió con brusquedad y empujó la carta dentro de mí. Sentí la presión del papel ajeno, la sobriedad de la tinta fresca y ese temblor de manos que me sostenían.

Los libros viejos como yo, desarrollamos un instinto sobrenatural, es como dicen ellos, un sexto sentido que nos permite reconocernos en nuestro desgaste. Después de aquello, intuía en mis adentros que ésta sería la última vez que me tendría, y así fue. Hoy, estoy viajando en otro maletín de piel añeja a un destino incierto. Ningún abandono me fue tan doloroso como este, y pese a ello, mantengo la esperanza de volver a sentirla.


1 de Octubre, 1968
Querida Aniux,

Recibí tu mensaje. Don Manuel logró entregarme el encargo a escondidas. Me dio un vuelco el corazón al sacar este libro viejo de su maletín; fue como sentir un pedacito de casa aquí conmigo. Dile a mamá que respire tranquila y quita esos malos pensamientos de tu cabeza. Aquí todos estamos bien.

Entiendo tu angustia por lo que se dice allá afuera, el gobierno está nervioso por querer mostrarle al mundo una cara perfecta para las Olimpiadas, pero nosotros no buscamos violencia. Mañana por la tarde nos vamos a reunir en la Plaza de las Tres Culturas, en Tlatelolco. Va a ser un mitin completamente pacífico. Solo vamos a informar a la gente sobre nuestro pliego petitorio. Las cosas van a salir bien, créeme.

Te mando mi respuesta de vuelta con Don Manuel, perdona la calidad del papel, me sobró de los tacos de canasta que almorcé esta mañana, algún día deberíamos comerlos juntos, son deliciosos.

Por cierto, he decidido quedarme con tu mensajero, hojeé un par de páginas de refilón y la verdad es que la historia me atrapó; quiero leerlo completo antes de devolvértelo. Además, para evitarle problemas a don Manuel con las patrullas que andan revisando todo en la calle, escondí esta carta bien doblada dentro de un bulto de ropa sucia que le mandé a mamá. Créeme, es el mejor escondite; los granaderos ni de chiste van a querer meter las manos ahí.

Te prometo que te llevaré el libro yo mismo en cuanto pase la marcha y pueda ir a abrazarlas.

Todo va a estar bien. Te lo prometo.

Te quiere,
Ya sabes quien.


Salí de aquel maletín sostenido por unas manos distintas, ásperas y de movimientos impacientes. El miedo de volver al olvido se disipó. Lo primero que hizo fue abrirme de tajo extrayendo el ajeno papel incrustado. Fue un alivio.

Acusé la fricción de sus yemas deslizarse por mis orillas, de su pulsar ágil y curioso. Era un hombre que por alguna razón lo sentía familiar. Volví a ser leído. Me sumergí en la cadencia de su respiración y en el calor de su mirada durante horas, hasta que la quietud de la habitación se transformó en una urgencia febril. Dormité sobre una mesa iluminada sintiendo el candor de una tenue luz, y en mi ensoñación me creí importante, viajero, un libro de mundo. La noche fue un renacer sin comparación.

Y en el amanecer, me deslizó dentro de su chamarra, apretándome contra su pecho. Por vez primera, lo escuché, escuché el tamborilear de ese ritmo sinfónico de su corazón. Tam, Tam, Tam. Limpio, calmado, tranquilo.

“¡Libros sí, bayonetas no!”, “¡Libros sí, bayonetas no!”, reconocía estas palabras a través del tejido. Un conjunto de voces se desprendían al unísono exigiendo paz y libertad; mi portador cómo uno de ellos. Era una marcha infinita de mil pasos que se expandía por todos lados, atrás, adelante, a mis costados.

El cielo se rompió y comenzó a llover; parte del fluido podía traspasar el telar de la chamarra humedeciendo mis guardas. Entre las letras de mi contenido, había escuchado en más de una ocasión la descripción de la lluvia, el titilar de las gotas descendiendo sin cesar, acompañadas de bellas palabras poéticas que arropaban al lector de melancolía o de tristeza, y en ocasiones de una mala premonición.

El latido constante que me había arrullado se transformó de golpe en terror puro. Hubo destellos secos y luego un estruendo ensordecedor que parecía venir de todas partes, rebotando entre los edificios. No eran truenos; eran chasquidos metálicos, repetitivos, que rasgaban el viento en todas direcciones. Nadie sabía de dónde venían, pero el pánico se apoderó de todo. Chocamos con otros cuerpos en un caos asfixiante. El sudor frío del muchacho me calaba hasta los hilos. Corrimos, tropezamos. El aire de pronto olía a pólvora y a miedo. En un movimiento brusco, fuimos aplastados contra el suelo. Mi cubierta crujió bajo el peso de su cuerpo tembloroso, mientras el asfalto helado raspaba mis esquinas y el agua turbia deformaba mis páginas y con ello mi alma.

​El estruendo y los gritos parecían no tener fin; fuimos arrastrados con violencia hacía alguna parte y el caos de la plaza se apagó drásticamente. Un silencio fúnebre y opresivo reemplazó a los disparos. Lo habían privado de su libertad, y a mí con él.

​En medio de esa penumbra fría, sus manos sudorosas y magulladas volvieron a sacarme. La punta de un bolígrafo casi perforó una de mis hojas en su dibujar. Era un trazo rasposo, desesperado, casi hiriente. Sentía cada letra como una cicatriz fresca. Escribía a trompicones, plasmando su angustia. El doloroso cosquilleo de su tinta no duró mucho. Hubo un ruido metálico de rejas abriéndose de golpe, un par de gritos ásperos, y su punta patinó rasgando el papel en un trazo largo e inconcluso, antes de que yo cayera de sus manos hacia el abismo del gélido suelo.


Ana, perdóname.

Tenías razón, todo fue una trampa. Nos dispararon desde los edificios y no había a dónde correr. Era el ejército, Ana, nos emboscaron. Vi a tantos de mis compañeros caer acribillados, muertos, despedazados.

Estoy vivo de milagro. El libro que me mandaste me salvó la vida cuando me tiraron al piso.

Nos tienen encerrados. Nos trajeron a rastras y no sé dónde estamos. Es un cuarto húmedo, oscuro, y somos muchos. Afuera se escuchan los culatazos y los gritos. No nos van a dejar salir, Ana. Sabemos que los que cruzan esa puerta ya no regresan.

Estoy escribiendo esto con las fuerzas que me quedan. Si algún día lo encuentras, si esto llega a tus manos, tienes que decir la verdad. No estábamos armados, no dispararon, nos masacraron. Se escuchan las botas en el pasillo. Están abriendo las rejas. Ana, tengo mucho miedo, me duele todo. Dile a mamá que me perdone, por favor diles que no me dejen aqu...


El filo del bisturí atravesó sin piedad los pocos hilos que aún me conservaban. Me fui despedazando de a poco, entregándome al olvido sin retorno, aceptando que finalmente el destino me había alcanzado, un destino que en mi poca o larga existencia nunca vislumbré como posible. La desintegración genuina de un libro maltrecho.

Y sin embargo, el viejo lo hacía con delicadeza. Desprendió mi rostro con serenidad, la única tapa que me quedaba; su mirada vieja y pétrea enfocaba cada detalle del acto. Sentí despegar la piel de mis hojas una a una, deshaciendo mi yo, partiendo mi orgullo de tapa dura y hojas enceradas que alguna vez fui.

Los recuerdos se me fueron revelando como luces parpadeantes. La mujer, el niño, manos, envoltorios, cartas, y luego, ese desgarrador momento en el que mi portador me hizo salir volando por los aires. Caí abruptamente entre charcos y sangre. Podía sentir la putrefacción del óxido impregnarse en mis hojas, la humedad, las pisadas.

Fui pateado y arrastrado por la multitud de transeúntes de alguna avenida, de plazas y mercadillos hasta que fui a dar a un depósito de objetos desechados. Obtuve magulladuras sobre mis bordes y mis cubiertas, y en brusco derrumbe de basura por una máquina gigante, mi tapa trasera se desprendió. Grité, pero nadie escuchó.

Luego, todo se volvió borroso.

Supe de mí de nuevo, en aquel instante en el que el viejo me limpió y comenzó la cirugía. Me estaba separando de mí mismo en ínfimos movimientos. Ya estaba listo para morir.

Pronto descubrí que lo que el viejo hacía no era más que un proceso de reconstrucción, un acto de amor puro que me estaba devolviendo la entereza.

La desfragmentación de mis partes no impedía el sentir de cada cosa. Una frialdad extraña inundaba mis hojas cuando eran depositadas sobre un recipiente, ese líquido limpiaba mi piel desprendiendo el óxido, el lodo y la acidez. Un bautizo silencioso que limpiaba todo horror vivido.

Y así fui renaciendo, me ayudó a cicatrizar, me devolvió la blancura, recolocó las tapas y todo lo fue uniendo con hilo nuevo enderezando mi espalda bajo la presión de una prensa dócil que me regresó a mi estructura original. El viejo era un maestro con la agilidad de un Dios. Durante mi despiece, cuando sus manos encontraron aquella hoja manchada con el trazo rasposo e inconcluso, se detuvo. Sus yemas, acostumbradas a sanar y alisar, palparon el surco profundo que la punta de aquel bolígrafo había cavado en mi ser al rasgar el papel. Ese violento rayón, nacido del pánico ante el ruido de las rejas abriéndose de golpe, era ahora mi cicatriz más valiosa. Él la protegió durante el lavado, negándose a disolver la tinta de su despedida y a rellenar la herida física de la página con injertos nuevos.

Cuando el proceso terminó y la prensa me liberó, abrió mis páginas directamente hacia ese abismo de tinta y papel desgarrado. Su mirada impasible se suavizó y vi sus ojos humedecerse mientras releía la angustia de aquel fantasma. Cerró mis tapas con una delicadeza abrumadora, acarició mi lomo y, en ese instante, supe que mi portador finalmente había sido escuchado.

Jorge Hernandez :: http://jorgeluis.com.mx

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