Llegamos a octubre y me complace presentarles este relato que escribí el mes pasado para la dinámica de MDE. Curiosamente, ganó la categoría de “Mejor relato” y nada me hace más feliz que esto.
El reto era escribir un relato basado en una leyenda o mito que se nos iba a asignar. En mi caso, el Anchanchu.
El Anchanchu es un ser mitológico de la cosmovisión aymara y andina de la región del altiplano de Bolivia. Un ser que por sus características muy rápidamente asocié con una entidad oscura y bebedora de sangre; así es, posiblemente una entidad vampírica dentro del folklore andino.
Para los que me conocen, sabrán, pues, que soy un fan del mito vampírico, así que, ni tonto ni perezoso, mi idea era reivindicar al ser al mero estilo gótico europeo, pero en nuestras tierras latinas. He aquí el resultado.
Espero que lo disfruten tanto como yo al escribirlo.
Aquel que come con ira
1910
12 de Junio.
No fui capaz de despedirme ante la desolada idea de no volverte a ver. Los rieles metálicos reflejan el insondable pesar de mi partida y estoy escribiendo esto con la esperanza de que algún día puedas perdonarme. El vagón se siente frío, ajeno y como una tumba que me sepulta mientras me alejo. El vapor es solo el rastro de mi pasado que se queda contigo y temo que el amor se desvanezca mientras se funde con el firmamento.
A mi alrededor, la mortecina luz del compartimento titila lánguidamente sobre los rostros de los pocos viajeros que comparten esta condena. Afuera, las sombras de la cordillera se alzan como titanes petrificados, erigiendo una muralla inexpugnable que me aísla paulatinamente. El traqueteo de la locomotora es un latido metálico y lúgubre que marca los compases de mi destierro, devorando los kilómetros hacia las yermas entrañas del sur.
Con cada hora que la noche avanza sobre el altiplano, el recuerdo de la calidez de nuestras calles es tragado por una niebla espesa que parece lamer los cristales del vagón. En esta infinita oscuridad, mi espíritu se siente a merced de las fuerzas de la naturaleza, atormentado por la crueldad de un mandato que me ha arrancado de la luz para arrojarme a un abismo de hielo. Me esfuerzo por anclar mi cordura en los fríos folios de mi maletín, buscando en mi deber médico un escudo contra la melancolía que amenaza con devorarme.
Los reportes del ministerio sobre Pulacayo son tan escuetos como turbadores: una extraña epidemia ha invadido el lugar drenando el vigor de hombres, mujeres y niños por igual. Sé bien que, en ese encierro de piedra y plata, los mineros atribuyen la epidemia a supersticiones y caprichos maléficos de la montaña, rechazando cualquier verdad patológica. Juro por el honor de mi profesión, erradicar este mal con la luz implacable de la ciencia; sin embargo, al contemplar la inmensidad negra que envuelve al tren, no puedo evitar un profundo estremecimiento, como si el propio viento helado me advirtiera que estoy descendiendo hacia un rincón del mundo donde la razón jamás ha penetrado.
***
14 de Junio.
He pisado, por fin, este purgatorio de plata y escarcha. Si el encierro del tren fue un descenso paulatino hacia las sombras, Pulacayo es el abismo mismo. Al descender en el andén, el aire me golpeó con la brutalidad de un témpano; es un aliento áspero, preñado de azufre, carbón y un hedor metálico que raspa la garganta y enturbia el pensamiento. Qué distancia tan insalvable existe entre este yermo desolado y las calles de nuestra ciudad. Allí, los faroles eléctricos y las avenidas ordenadas son un testamento del triunfo del espíritu humano; aquí, el humo negro y perpetuo de las inmensas chimeneas asfixia al sol, condenando al campamento a un crepúsculo sepulcral e interminable.
Las viviendas no son más que frágiles cicatrices de calamina y madera aferradas a la roca viva, un laberinto manchado de hollín donde los hombres transitan como espectros despojados de toda voluntad. En mi trayecto hacia el precario lugar que me servirá de consultorio, los rostros tiznados de los mineros me observaron desde la penumbra con una apatía mortuoria, guardando un silencio hostil que me heló la sangre. Mientras desempaqueto mi instrumental sobre estas mesas toscas, acaricio el acero pulido de mis artilugios y escalpelos como quien se aferra a un talismán. En este páramo desprovisto de toda gracia y luz, sé que estas frías herramientas de la ciencia serán mi única trinchera frente a la barbarie.
***
18 de Junio.
He comenzado mis rondas por las barracas de los mineros y el hedor a enfermedad que impregna estas casuchas es absolutamente abrumador. Es una atmósfera viciada, donde la vida parece evaporarse en medio del silencio hostil de los familiares. Lo que he presenciado hoy en el catre de mis pacientes desafía las descripciones de mis tratados de patología. He examinado a más de una decena de hombres; individuos que, según los registros de la compañía, hace apenas unas semanas poseían una constitución robusta y un vigor envidiable para soportar la brutalidad de la piedra. Hoy no son más que espectros cadavéricos.
Su piel ha adquirido una palidez terrosa, casi translúcida, y yacen sumidos en un letargo tan profundo que sus respiraciones son apenas un suspiro agónico en la penumbra de la habitación. Pareciera que una fuerza invisible les estuviera succionando el ánimo. Durante la auscultación, al apartar los burdos tejidos de lana que cubren sus cuellos y torsos, he descubierto un patrón clínico fascinante, aunque perturbador. En la mayoría de los afligidos se presentan unas extrañas marcas cutáneas: pequeñas incisiones amoratadas, similares a una úlcera necrótica o al rastro de succión de un díptero hematófago de gran tamaño.
Documento las lesiones en mis cuadernos con estricto rigor; estoy convencido de que nos enfrentamos a un agresivo parásito endémico de la región, o tal vez a un virus atípico incubado en la humedad perpetua de los socavones. Confiando plenamente en la infalibilidad del método científico, esta misma mañana he despachado un telegrama urgente a La Paz, aprovechando el viaje de retorno de la locomotora. He solicitado a los boticarios de la capital un suministro robusto de quinina, ampollas de hierro, tónicos arsenicales y potentes soluciones desinfectantes. Hasta que esos cajones lleguen, me limitaré a aislar a los infectados y a purgar sus heridas con tintura de yodo.
***
23 de Junio.
La furia de la cordillera se ha desatado con una violencia que jamás creí posible. Una tempestad de nieve ha sepultado a Pulacayo bajo un manto denso y asfixiante, ahogando por fin el ensordecedor estruendo de las maquinarias. El descenso a los socavones ha quedado interrumpido; los mineros se han recluido en las sombras de sus miserables casuchas, rindiéndose ante un encierro forzado por la naturaleza. Un silencio fúnebre, rasgado únicamente por el aullido de un viento que parece articular lamentos humanos, ha reclamado este yermo. El frío es un depredador insaciable que atraviesa las frágiles paredes de madera de mi consultorio; cala hasta la médula con una crueldad a la que mi cuerpo, es incapaz de resistir. Acurrucado junto a una estufa de hierro que apenas logra entibiar el aire viciado de la habitación, siento cómo el aislamiento comienza a fracturar las orillas de mi razón.
Fue entonces, en el corazón de esta vorágine blanca donde ningún ser vivo osaría desafiar a la montaña, cuando tres golpes secos y pausados resonaron contra mi puerta. Empuñé el candil con dedos entumecidos, convencido de que encontraría del otro lado a algún capataz desesperado, suplicando auxilio para un moribundo. Al abrir la portezuela, una ráfaga de aire gélido amenazó con apagar la escasa luz, pero la visión que me aguardaba en el umbral me paralizó el pulso.
Allí, erguido con una quietud casi fantasmal, aguardaba un hombre que no pertenecía a este páramo de hollín y miseria. Vestía con una elegancia aristocrática que resultaba perturbadora en medio de la desolación: un largo abrigo de paño oscuro de corte impecable, guantes de cuero fino y un sombrero de copa que ensombrecía sus facciones. Lo más desconcertante era su absoluta pulcritud; ni un solo copo de nieve parecía atreverse a posarse sobre la tela de sus ropas, como si transitara por este mundo siendo completamente inmune a las leyes de la tormenta. Al alzar el rostro, sus ojos se clavaron en los míos con una lucidez penetrante, mientras sus labios pálidos esbozaban una sonrisa de refinada cortesía que, lejos de tranquilizarme, encendió una alarma primordial y aterradora en lo más profundo de mi ser.
— ¿Puedo entrar? —. Su voz sonó lánguida y petrea, pude observar en sus ojos un abismo del que temí haberme perdido por un largo tiempo del que no fui consciente.
— Claro, perdón, adelante —me disculpé. Lo hice pasar.
El viento irrumpió con un alarido de agonía antes de que yo lograra empujar y asegurar la puerta, pero la llama de mi candil, de manera incomprensible, ni siquiera vaciló al paso del forastero. Se quitó el sombrero de copa con una parsimonia casi teatral, revelando un cabello oscuro y rebelde. A pesar de la inclemencia exterior, no frotó sus manos ni buscó el resguardo del fuego que ardía en mi estufa.
—He venido a darle la merecida bienvenida a nuestro asentamiento, doctor —murmuró, paseando su mirada por mi austero consultorio como quien evalúa los juguetes inútiles de un niño—. Soy uno de los propietarios de La Casa Arce, la casona que estamos erigiendo en el corazón de este campamento para albergar a los señores de las vetas. Sin embargo, los títulos pomposos de la civilización pierden todo su valor en este yermo. Puede llamarme, simplemente, «El tío».
El apelativo me pareció de una familiaridad repulsiva viniendo de un hombre de tan rígida elegancia, pero me limité a asentir, ofreciéndole asiento. Él ignoró mi gesto, escudriñando las repisas y rincones de mi morada, buscando algo que no halló.
—Es usted un espécimen peculiar —continuó, rozando el lomo de uno de mis tomos de anatomía con su dedo enguantado—. Los hombres que llegan de la capital suelen traer a sus sacerdotes y clavar sus cruces en la piedra, rogando a un dios de cielos despejados que los proteja de la oscuridad. Siento una profunda aberración por esos necios que se arrodillan ante maderos muertos, suplicando a un pálido redentor que jamás ha puesto un pie en estos abismos. Pero usted... su habitación está vacía de ídolos y supersticiones romanas. Dígame, doctor, cuando el frío silencia la maquinaria y la noche lo engulle todo, ¿en qué cree usted?
—En la razón, señor —respondí con una frialdad calculada, apoyando mis manos sobre el escritorio para ocultar un levísimo temblor—. Mi única doctrina es el método científico y la inmutabilidad de la biología. No necesito pastores crucificados para comprender las leyes de este mundo. La epidemia que azota a este pueblo es obra de un patógeno, no de una deidad. «El tío» esbozó una sonrisa carente de toda calidez, un rictus que heló la habitación mucho más que la tormenta.
—Qué arrogancia tan enternecedora y estéril —susurró, girándose lentamente hacia mí. Sus pupilas parecían tragar la escasa luz de la lámpara.
—Desprecia la cobardía del cristianismo, y en eso coincidimos gratamente, pero su vacío analítico es una ceguera aún más trágica. Usted cree que el mundo es un cadáver dispuesto sobre una mesa de disección. Se equivoca. Esta cordillera respiraba, latía y sangraba milenios antes de que sus libros de medicina fueran impresos. Aquí no operan las minúsculas alimañas de su ciencia. Aquí reina la majestad implacable de la Pachamama. En la negrura absoluta de las galerías habitan seres antiquísimos, entidades que no suplican oraciones, sino que exigen sumisión y el cálido tributo de la vida misma.
El forastero dio un paso hacia mí, y por un segundo, el leve olor a té negro de mi taza fue aplastado por un tufo dulzón a cobre y tierra removida.
—Los hombres como usted —prosiguió acortando la distancia entre nosotros con una fluidez que carecía del más mínimo sonido— se engañan creyendo que la mente humana es la cúspide de la creación. Pero cuando la veta exige sangre y la montaña clama por su sustento, sus libros no son más que ceniza al viento. Estas entidades, doctor, los verdaderos dueños de la profundidad, no se apaciguan con fé. Exigen una devoción primordial. Demandan ofrendas, calientes y palpitantes, a cambio de su indulgente calma.
Su proximidad se volvió asfixiante. El olor a cobre y tierra húmeda sofocó cualquier rastro de oxígeno en la habitación. Intenté retroceder, ampararme en la crujiente madera de la mesa, pero mis extremidades se negaron a obedecer. Un letargo denso, pesado como el plomo, comenzó a trepar por mis piernas.
—Toda criatura debe pagar su tributo —susurró, su voz resonando no en mis oídos, sino directamente en el interior de mi cráneo. Se acercó aún más. Pude sentir el vaho de su aliento, gélido como el abrazo de la escarcha, rozando mi piel. Su mano, cubierta por aquel guante de cuero inmaculado, se alzó con pavorosa lentitud y apenas rozó mi hombro, deslizando dos dedos por la curva de mi cuello.
La luz del candil estalló en un resplandor cegador y luego todo fue oscuridad. No recuerdo el sonido de la puerta al abrirse, ni sus pasos alejándose sobre la madera, ni la despedida. El recuerdo de su rostro se disolvió en una niebla viscosa que devoró mi conciencia, arrastrándome a un abismo carente de sueños o razón.
***
27 de Junio.
La razón me abandona a la misma velocidad que mis fuerzas. Llevo tres noches inmerso en una vigilia agónica, torturado por fiebres repentinas que empapan las cobijas. El cansancio ha dejado de ser un simple letargo provocado por la altitud; es ahora una bestia infame, una losa de plomo que aplasta mis extremidades y me encadena al lecho de madera. Esta mañana, al arrastrarme hacia el aguamanil y enfrentarme a la cruel sinceridad del pequeño espejo de plata, mi férrea negación agnóstica se hizo pedazos. Allí, mancillando la reseca piel de mis brazos, descubrí diversas ínfimas incisiones amoratadas. Son idénticas, en su grotesca simetría, a las heridas de succión que consumen la vida de los mineros en los socavones. Me he frotado la carne con tintura de yodo hasta hacerla sangrar, desesperado por limpiar la infección, pero en el fondo sé que el mal ya navega por mis venas.
El cuarto que me ha servido de refugio, se ha transformado en una prisión asfixiante. Las sombras que se proyectan desde las esquinas parecen haber adquirido voluntad propia; se retuercen en los límites de mi visión, alargándose y acechándome, esperando a que la escasa luz expire por completo. Ya no soy capaz de distinguir la realidad del delirio febril. Las pesadillas que me asaltan cada vez que el agotamiento cierra mis párpados son laberintos incomprensibles de piedra húmeda y ecos fúnebres.
Anoche, en las profundidades de ese estupor, creí hallar una efímera salvación. El páramo de hielo desapareció y me vi de nuevo caminando por nuestras añoradas avenidas, hasta encontrar tu rostro luminoso. Estabas radiante, envuelta en esa calidez familiar que tanto he mendigado desde que comenzó mi destierro. Me llamaste y al sentir la suavidad de tus manos acariciando mis mejillas enfermas, me entregué a un momento de absoluta y desesperada intimidad.
En el momento de plena y total entrega, tu piel inmaculada se tornó de un gris ceniciento. Las hermosas facciones se desdibujaron, derritiéndose ante mis ojos espantados hasta convertirse en una masa amorfa, una entidad de oscuridad pura, viscosa y palpitante. Aquel ser horripilante, carente de forma y misericordia, abrió unas fauces de sombras que comenzaron a consumirme por completo, arrastrándome al mismo abismo que vi en los ojos de aquel forastero.
Desperté ahogando un alarido en la penumbra, con el corazón galopando como un tambor de guerra y el cuerpo entero castigado por la fatiga. Estoy exhausto, aterrorizado y mortalmente solo. Si la ciencia que he venerado toda mi vida es incapaz de explicar los demonios que ahora habitan en mi propia carne, temo que mi último aliento ya le pertenezca a esta maldita montaña.
***
Algún día de Julio.
Apenas poseo fuerzas para sostener la pluma. Cada sacudida de esta pesada locomotora arranca un quejido de mis pulmones y parece reabrir las heridas que arden bajo mis ropas desgarradas. Escribo estas líneas febriles con las manos temblorosas, manchadas de lodo y de una sangre espesa cuya procedencia me niego a analizar. El estruendo metálico de las ruedas contra los rieles, abriéndose paso a través de la densa niebla de la madrugada, es el único sonido que me rodea, pero resulta incapaz de silenciar el pavor que aún late en mis sienes. El agotamiento amenaza con apagar mi conciencia en cualquier instante, y sin embargo, una urgencia malsana me obliga a dejar constancia del horror.
Todo se precipitó tras mi último delirio febril. Fui arrancado del estupor por una curandera de inusitada juventud y belleza, una visión casi irreal cuyas pócimas amargas lograron lo que mis fármacos jamás pudieron. Con voz serena, desmoronó los frágiles cimientos de mi ciencia: me habló de la indomable armonía de la Pachamama, de cómo los hombres de las ciudades somos apenas gusanos insignificantes arañando la piel de antiguas deidades. Fuerzas primigenias que ahora despiertan en la oscuridad reclamando «ajayu».
Apenas recuperé el dominio de mis piernas, una voz espectral e insidiosa comenzó a susurrar mi nombre desde las sombras. El llamado me arrastró hacia el viejo socavón clausurado, una mina muerta cuyo paso estaba estrictamente prohibido. Movido por un terror que se negaba a rendirse sin luchar, encendí una pesada lámpara de petróleo para rasgar la absoluta negrura que me aguardaba. Tomé, además, el más largo de mis escalpelos de amputación y un afilado bisturí, ocultando su frío acero bajo el abrigo como mi última trinchera de razón. A lo lejos, delineada por el halo amarillento de mi propia lumbre, vi la silueta de la joven curandera.
La seguí por las entrañas húmedas de la tierra, pero a medida que nos adentrábamos y las sombras danzaban al compás de mi lámpara, una metamorfosis abominable ocurría ante mis ojos. Con cada paso, su figura se encorvaba, su cabello de ébano se tornaba ceniza y su tersa piel se marchitaba. Al llegar a la cavernosa bóveda final, la hermosa mujer no era más que una anciana decrépita, postrada en reverencia.
Allí le rendía tributo a la verdadera pesadilla. En el centro del altar pétreo se erguía aquel hombre elegante, «El tío», pero su disfraz humano se estaba pudriendo, desmoronándose bajo la luz temblorosa de la lámpara. Ante mis ojos, la carne del forastero se deshizo como cera frente al fuego, revelando a un ser horripilante: una masa palpitante de sombras, humores viscosos y un hambre inmemorial. Con una voz gutural que hizo sangrar mis tímpanos, el monstruo pronunció mi nombre.
Comprendí, con el pánico helándome las venas, que mi aparente recuperación no había sido más que el cebo de una trampa para entregarme a su dominio. La bestia se abalanzó sobre mí abriendo unas fauces carentes de forma. El terror me hizo retroceder bruscamente; la lámpara resbaló de mis dedos entumecidos sumiéndonos al instante en la más absoluta oscuridad. Me giré para huir, tanteando frenéticamente las paredes húmedas, pero la montaña parecía haberse cerrado. Las galerías se habían retorcido; la cueva ya no tenía salida, transformándose en un laberinto ciego de piedra viva que me empujaba de vuelta al abismo.
Fue entonces cuando la entidad me atrapó. Sentí un peso aplastante derribándome contra el suelo, seguido por el roce letal de innumerables dientes afilados que rasparon mi clavícula, buscando desgarrar mi cuello para drenar mi espíritu. En un acto de puro y salvaje instinto animal, abandoné toda civilidad y empuñé el acero. Hundí primero el bisturí en la carne putrefacta, lancé tajos ciegos y desesperados con mi escalpelo de amputación directamente hacia aquella masa. La fría lógica de mis instrumentos desgarró algo vital en la negrura, arrancando de la bestia un alarido espeluznante que hizo vibrar los cimientos mismos de la mina.
En el breve instante en que sus garras cedieron, me arrastré y me puse en pie. Corrí a ciegas, rasgándome el abrigo y la piel contra los muros del socavón, sintiendo el aliento fétido de la criatura pisándome los talones. Solo por una caprichosa fortuna del destino, un leve soplo de aire andino me abofeteó el rostro, guiándome hacia una grieta invisible. Emergí a tropezones en la lúgubre madrugada y, sin mirar atrás, corrí hasta el andén, arrojando mi cuerpo maltrecho al interior del vagón en el preciso instante en que el silbato aullaba y el tren iniciaba su pesada marcha.
Pero ahora, mientras la pluma tiembla entre mis dedos helados, miro a través del cristal fragmentado. El viento aúlla, disipando la bruma exterior, y el corazón se me detiene. Las estrellas no se alinean hacia el norte. El traqueteo de las ruedas posee un compás macabro, asimétrico, como si la vía férrea se curvara perpetuamente sobre sí misma. Las siluetas que emergen en el horizonte no son los amados tejados de nuestra ciudad. Son chimeneas escupiendo humo negro. Son miserables chozas de calamina aferradas a la roca. El silbido de la máquina no anuncia la salvación. El tren jamás escapó. Ha trazado un círculo maldito y hemos llegado al mismo lugar de mi pesadilla. He vuelto al infierno, y esta vez, sus fauces se han cerrado para siempre.
Jorge Hernandez :: http://jorgeluis.com.mx

