Este es, mi segundo relato de Octubre. Participó en la dinámica de RL (Temática sobre Zombies) y obtuvo el increíble 3er lugar.

¿El reto?, escribir un relato sobre “Zombies”. Así que, no podía re-inventar la rueda, porque el tema de zombies está más que sobre explotado. Y acá, es donde entra lo polémico de mi escrito. ¿Y si es nuestro señor Jesucristo quien batalla con Zombies?

No me juzgues sin antes darle una leída. Creo que es un trozo pulido, con esfuerzo, reivindicando a personajes que han dolido en la historia bíblica, así que, les presento: El evangelio de Judas.

El evangelio de judas

El polvo de Jericó aún flotaba espeso en el aire caliente cuando Judas Iscariote se apartó del bullicio, francamente harto de tanta lágrima y alabanza por el ciego Bartimeo, quien ahora corría tropezándose por las calles, maravillado al descubrir que el mundo era mucho más feo de lo que recordaba. El Maestro había dado una cátedra de majestuosidad inigualable de la que Judas ya no tuvo duda.

Había sido testigo de las maravillas celestiales de las que era capaz: vió con sus propios ojos caminar al Maestro por las cristalinas aguas del mar de Galilea sin que éste se lo tragara. Vió multiplicar los peces y los panes a las orillas del Tabgha, y probó con su propio paladar el suculento vino de las bodas de Caná. Aquel al que despreció en un inicio era sin duda el gran elegido, y para su fortuna, el amigo al que juró proteger y servir hasta el fin.

Lejos del gentío, ante él apareció un hombre de extraña vestimenta. Portaba una túnica mugrienta de la que podría apostar se desprendía los olores de la inmundicia, pero un olor a jazmín lo atravesó. Quiso ver directo a su rostro, lo que vió fue una luz inmaculada de la que no pudo desprenderse.

—No temas, fiel tesorero y guardián del rebaño —resonó una voz de la que supo no era humanamente posible—. Vengo de lo alto con un edicto que solo tú, el más inquebrantable de los doce, posee para ejecutar.

Judas cayó de rodillas, apretando los párpados. El aroma a jazmín se volvió repentinamente sofocante y dulzón hasta provocar náuseas. Quiso usar sus manos para cubrirse del hedor pero las fuerzas lo abandonaron.

—Tu Rabí ha obrado maravillas hermosas, es cierto —continuó el misterioso ángel, inclinándose hasta que Judas sintió un aliento gélido lamerle la mejilla—. Pero los ciegos vuelven a tropezar en la oscuridad, el vino se consume y los panes se endurecen. El Sanedrín exige la prueba definitiva. Los hombres necesitan presenciar el gran milagro, aquel que ha sido esperado desde el principio de los tiempos.

El apóstol tragó saliva, frotándose los ojos llorosos, aterrado pero magnetizado por la inmensidad del mandato.

—Señor... mi fe es ciega y mis manos están dispuestas —logró articular con la garganta reseca, inclinando la cabeza en total sumisión—. Dime cuál es mi propósito en el plan del Creador. ¿Qué debo hacer para que el mundo reconozca su gloria?

—En las laderas de Betania, una profunda tragedia aguarda a tu Maestro —replicó el ángel, adoptando un tono de piedad prefabricada—. El dolor lo paralizará, dudará como un simple mortal. Tu deber sagrado es empujarlo hacia el centro de esa angustia y exigirle que libere su divinidad. Haz que pronuncie la palabra definitiva.

La luz implosionó de golpe dejando a Judas solo en el sendero ardiente. El corazón le martilleaba contra las costillas. Tenía un propósito divino; él sería el arquitecto silencioso del portento absoluto.

A la mañana siguiente, el grupo alcanzó los límites de Betania. El luto flotaba espeso y gris en el ambiente. María y Marta lloraban desconsoladas frente a una caverna sellada por una roca colosal. Lázaro, el gran amigo, había partido. El Nazareno, exhausto por el viaje y quebrado por la noticia, se dejó caer sobre la tierra suelta, ocultando el rostro entre las manos. Judas lo supo reconocer, era el instante prometido.

Se arrodilló junto a su amigo. Le apretó el hombro con firmeza, ignorando por completo que una sombra fría y antinatural acababa de eclipsar el sol del mediodía. —No llores, Rabí —susurró Judas al oído de Jesús, tejiendo sin saberlo el sudario de toda Judea—. Eres el hijo del Altísimo. Este es el momento de revelar el gran milagro, el que todos aguardamos. Ordena que retiren la piedra.

Jesús alzó el rostro bañado en lágrimas, y tras un largo silencio ordenó que movieran la enorme mole de piedra. Marta lanzó un ahogado grito de protesta, recordando a todos que su hermano llevaba ya cuatro días sepultado y que el hedor de la descomposición sería insoportable, pero el Maestro no dio marcha atrás. Con el esfuerzo de varios hombres, la roca cedió. Jesús dio un paso al frente, levantó las manos al cielo y, con una voz que hizo retumbar los cimientos de la tierra, exclamó: «¡Lázaro, levántate y anda!».

Un murmullo de incredulidad recorrió a la multitud. Instantes después, una figura envuelta en lienzos amarillentos avanzó torpemente hacia la luz. Los presentes cayeron de rodillas, estallando en vítores y alabanzas ante semejante prodigio; los apóstoles se abrazaban entre sí y María de Betania lloraba de pura dicha. Judas sonrió, hinchado de orgullo al comprobar que el mandato del ángel se había cumplido al pie de la letra.

A medida que los hombres retiraban las vendas del rostro del resucitado, el júbilo comenzó a extinguirse en un sofocante murmullo de incomodidad. Lázaro no tenía la mirada de un hombre agradecido. Sus ojos estaban completamente dilatados, cubiertos por una película lechosa y desprovista de toda chispa de razón. Su piel lucía pálida y reseca, dura como el cuero. Su respiración no era más que un silbido seco.

Jesús se acercó con los brazos abiertos para fundirse en un abrazo con su amado amigo, pero Lázaro no dio muestra alguna de reconocerlo. El Maestro tuvo una lacerante sensación en el corazón. Judas no tardó en intercambiar los brazos para celebrar el gran gozo del milagro que acaba de hacer y mostrar a los presentes la majestuosa muestra de amor y poder del rabí.

Entre la multitud, María Magdalena presenciaba el suceso sin aliento, conmocionada hasta las lágrimas y convencida de que, a pesar del extraño semblante del resucitado, Jesús era el verdadero Mesías. Dando por cumplida la obra divina, el Maestro reunió a los doce y emprendió el viaje hacia la majestuosa Jerusalén.

Tras la partida de los apóstoles, la alegría en Betania se marchitó rápidamente. Lázaro comenzó a retorcerse presa de un dolor insoportable y una sed feroz que ningún recipiente de agua lograba calmar. La fiebre devoró lo poco que le quedaba de juicio, sumiéndolo en un estado de furia irracional que le impedía conciliar el sueño. Con las horas, su cuerpo comenzó a sufrir una grotesca metamorfosis: su piel se tornó de un gris ceniza, absolutamente cadavérico, las pupilas se dilataron hasta tragarle el iris y una fuerza descomunal e inexplicable empezó a tensar sus músculos.

La noche trajo consigo el horror. El dolor que experimentaba Lázaro era descomunal e incontrolable, los gritos comenzaron a sucumbirlo. Marta trató inútilmente de controlarlo y en el momento más permisivo, Lázaro lanzó una mordida sobre el rostro de la mujer, arrancándo de un solo tajo el pedazo de piel. La hermana tuvo que correr horrorizada y ensangrentada, pero los efectos contagiosos fueron rápidos.

En pocos instantes la maldición de Lázaro ya estaba dentro de ella. Su piel comenzó a deteriorarse rápidamente, sus ojos, blancos y lechosos; y la comezón del dolor comenzó a sucumbirla ordenándole saciar su sed con sangre y carne. Su cuerpo actuaba por voluntad propia y sus pensamientos se difuminaron en el vacío.

El caos se propagó por Betania con la furia de un incendio. Aquellos que acudieron piadosos ante los alaridos se convirtieron en las siguientes víctimas y, en cuestión de segundos, en letales verdugos. No había paso torpe ni vacilación en ellos; los infectados se movían con una velocidad espantosa y una fuerza descomunal. Las estrechas calles del pueblo se convirtieron en una trampa mortal donde los recién convertidos corrían y se abalanzaban sobre la gente como depredadores hambrientos. Padres atacaban a hijos, vecinos devoraban a vecinos. No había cordura, ni oración, ni refugio que resistiera; la infección robaba la voluntad y la humanidad, transformando a la apacible aldea en un infierno encarnizado de seres feroces e implacables.

María Magdalena, que se había demorado en el pueblo recogiendo sus pertenencias para seguir al Maestro, presenció con pavor la masacre. Fue testigo del horror y la transformación del mal que se propagaba como pólvora, despavorida, logró escapar milagrosamente entre el caos, corriendo aterrorizada por el camino de tierra con un solo propósito: avisar al Maestro y pedir clemencia para ahuyentar el mal de Betania.

Agotada y al borde del colapso, logró cruzar las imponentes puertas de Jerusalén. Entre el tumulto del mercado, entre regateos de especias y mercaderes gritando, divisó la túnica de Judas Iscariote, quien compraba provisiones para el grupo. Magdalena se abalanzó sobre él, tomándolo con desesperación del manto.

—¡Judas! —logró articular entre sofocos, con los ojos desorbitados de terror—. ¡Tienes que escucharme! ¡El milagro... Lázaro! No es un enviado de Dios, ¡es un demonio! —La mujer sollozaba descontroladamente y le apretaba los brazos. —Todos Judas, todos ya tienen la maldición, se están comiendo vivos, están descontrolados y vienen hacia acá.

Judas se quedó petrificado dejando caer la bolsa de monedas. Un sudor frío le recorrió la frente y de golpe recordó aquella extraña aparición, el aliento gélido de un supuesto ángel que disfrazaba el olor de podredumbre con jazmín. «Exígele que libere su divinidad...». Una ola de terror e incredulidad le recorrió la espalda al comprender la monstruosa verdad: no había sido visitado por el cielo. Había sido engañado por el mal, y sus propias manos impulsadas por la fe le habían abierto las puertas del infierno a Judea.

La culpa lo atenazó con rabia y desesperación. No podía permitir que el Maestro se enterara del error abismal del que era responsable; la devoción y el amor por el rabí le exigían resolver la catástrofe antes de que el mal alcanzara las murallas. Tomó a Magdalena del brazo con fuerza y buscó a Pedro entre el bullicio de la gente.

—Pedro, ven aquí —dijo Judas intentando afinar la voz, aunque el temblor en los labios lo delataba—. Magdalena dice que unos perturbados están causando estragos en Betania y la gente del pueblo corre peligro. Debemos ir nosotros a contener la violencia. El Maestro está exhausto por el viaje y no debe enterarse de esto.

Los tres partieron a toda prisa, sin embargo, al alcanzar el borde del pueblo, el panorama los congeló. Desde la distancia, vieron a decenas de figuras corriendo a una velocidad desquiciada, derribando muros de adobe y destrozando a cualquiera que se cruzara en su camino. No eran simples enfermos ni rebeldes. Era un ejército de monstruos enfurecidos. Pedro desenvainó su espada corta con mano temblorosa, comprendiendo al instante que aquello no se resolvería con palabras.

Judas cayó en la cuenta de que tres pares de manos jamás detendrían a esa horda salvaje. Volviéndose hacia sus acompañantes con la mirada desencajada, tomó una decisión extrema.

—Regresen con el Maestro y protejan su vida a toda costa —ordenó Judas, apretando los dientes—. Yo iré a la Fortaleza Antonia a buscar a los romanos. Solo las lanzas y los escudos de Judea pueden aplastar este infierno.

Judas corrió hacia la Fortaleza como si la misma muerte le pisara los talones. Al cruzar el umbral del palacio, entre miradas de desprecio de los centuriones, logró llegar ante Poncio Pilatos.

Desesperado, Judas le relató el horror de Betania, desde la resurrección de Lázaro hasta la insurrección de los demonios. Para su sorpresa, Pilatos no se burló ni lo mandó azotar, rumores ya le habían informado al gobernador romano de la tragedia y rebeldía, por lo que se tomó con mucha seriedad el asunto.

Sin embargo, la mente de Pilatos operaba con la fría astucia del Imperio. Vio en la crisis una oportunidad dorada: si aquel predicador de Galilea tenía el poder de levantar a los muertos, aunque el resultado fuera una aberración sanguinaria, ese poder debía pertenecer a Roma.

—Enviaré una legión a purgar Betania —sentenció Pilatos con voz pausada—. Pero hay una condición, Iscariote. A cambio del acero romano, me entregarás a tu Maestro. Debemos ponerlo bajo custodia y protección dentro de nuestras celdas antes de que la turba o los «malditos» lo destrocen.

Judas tragó saliva. En su mente fracturada, la propuesta sonaba ideal. Entregar a Jesús a los romanos no era una traición, sino la única forma de salvaguardar al mesías. Aceptó el trato.

Mientras tanto, en Jerusalén, Pedro y Magdalena buscaron a Jesús para ponerlo a salvo, pero el Maestro se había retirado a orar en la penumbra del Monte de los Olivos. Cuando finalmente lo localizaron entre la vegetación, el sonido de sandalias pesadas y el choque de armaduras de hierro rompieron el silencio de la noche. Judas avanzaba al frente del pelotón romano.

Con el corazón hecho pedazos y los ojos al borde de las lágrimas, Judas se aproximó a Jesús. —Dios te salve, Maestro —susurró con la voz quebrada. Se inclinó y le dio el beso de traición en la mejilla. Pero antes de que el primer centurión pudiera ponerle las manos al Nazareno, la noche se llenó de alaridos inhumanos. Los muros de Jerusalén habían cedido. La horda feroz había entrado a la ciudad y la vanguardia de las bestias se abalanzaba velozmente sobre el monte.

El choque fue brutal. De las sombras del huerto irrumpieron decenas de infectados a una velocidad pasmosa. La disciplina romana se desmoronó en segundos; lanzas penetraban torsos y vientres, pero las bestias ignoraban el dolor, estas se lanzaban sobre los soldados a dentelladas desgarrando pieles y arrancando miembros como cartón.

Ante la carnicería, los apóstoles reaccionaron por puro instinto de supervivencia. Pedro, ciego de furia, blandió su espada corta decapitando a un atacante en pleno vuelo; Simón el Zelote sacó sus dagas ocultas, clavándolas repetidamente en los cráneos de quienes intentaban cercar al Nazareno. Judas, empuñando un garrote romano arrebatado del suelo, golpeaba con desesperación a las criaturas que buscaban morder a su señor. La lucha fue encarnizada: rocas, lanzas caídas, madera y hierro se usaron en una defensa desesperada. Uno a uno, los soldados y varios seguidores cayeron.

Cuando la oleada inicial cedió, sólo quedaban en pie Judas, Pedro, Juan, Santiago, Simón, María Magdalena y Jesús. Rodeados por la penumbra de una Jerusalén que ardía al fondo, desde donde resonaba el rugido sofocante de miles de bocas insaciables. La ciudad entera había caído.

Los sobrevivientes huyeron a ras de tierra escondiéndose en una cueva oscura y húmeda. Allí, el silencio aplastó a los hombres. Judas, acurrucado en un rincón, miró sus manos manchadas de una mezcla de sangre negra y tierra. La culpa lo devoraba: su ceguera ante el falso ángel, el engaño de Pilatos y el infierno desatado por su imprudencia. Incapaz de soportar la mirada de Jesús ni el peso de su propia conciencia, Judas se deslizó sigilosamente. Subió a lo alto del cerro, ató una soga gruesa a la rama más fuerte de un olivo y dejó caer su cuerpo al vacío.

Jesús cayó de rodillas ante la brutal imágen de su discípulo, Judas había sido de los primeros en seguirlo, en aceptar la buena nueva y mostrar siempre su firmeza ante las adversidades. El dolor que sintió ante la pérdida de su amigo fue profundo. Con los puños apretados contra el suelo helado, alzó el rostro y rogó al Padre con lágrimas de sangre que enviara a las legiones celestiales para detener la plaga. Pero el cielo permaneció mudo; solo el viento trajo de vuelta el eco furioso de la horda.

Fue en ese instante de absoluto desamparo cuando el Nazareno lo comprendió. No habría milagros descendiendo de las nubes. Su verdadera misión en este mundo no era solo predicar, sino levantarse como la última muralla entre la humanidad y los «malditos». Limpiándose el rostro, tomó una espada pesada del suelo y miró a sus apóstoles con una determinación jamás vista en él. Estaba dispuesto a pelear.

Con el acero firme y la mirada encendida, Jesús lideró la salida de la caverna. A su lado, los últimos bastiones de la fe blandieron sus armas improvisadas, conscientes de que no marchaban hacia un milagro, sino hacia una matanza. La batalla final por la humanidad dio inicio bajo un cielo teñido por el humo y las brasas de una ciudad que agonizaba.

Las hordas de «malditos» se abalanzaron sobre ellos al olerlos. El Nazareno peleó como nunca antes hombre alguno había luchado en la tierra; despojado de toda mansedumbre, hendía el aire con tajos limpios y precisos, la habilidad del hijo era perfecta. Descubrió en mitad del combate que la única forma de detener a las bestias era cercenando la cabeza del tronco. A su alrededor, la sangre salpicaba por todos lados, pero el número de infectados era aplastante.

La tragedia no tardó en cobrar su cuota. Simón el Zelote fue el primero en caer, sepultado bajo el peso de cuatro criaturas que le desgarraron la garganta mientras él hundía sus dagas hasta el final. Santiago y Juan sucumbieron poco después; espalda contra espalda, arrollados por una marea imparable de mandíbulas rabiosas. Pedro, luchando como un león herido y cubriendo las espaldas del Maestro, recibió una mordedura fatal en el cuello; en su último aliento de cordura, antes de que sus ojos se tornaran lechosos, usó sus últimas fuerzas para arrojarle su espada a Jesús, «acaba conmigo Maestro» logró pronunciar.

La encarnizada lucha estaba lejos de terminar; cientos de cuerpos feroces estaban dispuestos a saciar su hambre con el rabí. «Tomad y comed todos de él, porque este es el cáliz de mi sangre» repetía insistentemente Jesús cercenando cabezas por todos lados, su habilidad era extraordinaria, incomparable, digna del hijo de Dios. Los ojos de Magdalena no daban crédito a lo que veían, surcaba los cuerpos caídos con desdén y miedo, acudiendo a las embestidas de la espada de Jesús como refugio. Milagrosamente no la tocaban.

La pelea duró cuarenta horas que parecieron cuarenta días. Jadeante y casi moribundo divisó el panorama: había un mar de cuerpos sin cabeza a sus pies. El terror le vino de inmediato: «Padre, ¿Por qué me has abandonado?» gritó a los cielos sollozando. La respuesta vino de inmediato con una lluvía lacerante que parecía perforarle el alma.

— Padre, he pecado, he caído, no soy digno de tu misericordia. Tomadme a mí como sacrificio. Perdónalos, no saben lo que hacen —.

La señal fue interpretada y las sagradas escrituras se cumplían al pie de la letra. La tierra, antes muda, tembló. Jesús parecía entender el designio divino y dejó su alma a voluntad del padre.

Cerró los ojos.

Al abrirlos de golpe, el olor a carne y sangre había desaparecido. El sol le quemaba la piel. Sintiéndose suspendido en el aire, alzó la vista y vio las tablas de madera, los clavos atravesando sus muñecas y la muchedumbre reunida a los pies del Golgota. A lo lejos, entre la multitud que observaba en silencio, vio a sus apóstoles intactos, a un Judas vivo que lloraba en silencio abrazando la bolsa de monedas, y a María Magdalena orando a sus pies.

Jorge Hernandez :: http://jorgeluis.com.mx

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