Cuando descubrí que la canción "Las batallas" de Café Tacvba era un total tributo a "Las batallas en el desierto" de José Emilio Pacheco, no pude sacarme de la cabeza el “Oye, Carlos, ¿por qué tuviste que decirle que la amabas a Mariana?”.

Tomando el mismo concepto, y con una misma canción de los cafetos, hoy les presento una historia basada en la canción “María”. Una canción que he tomado de pretexto para alzar la voz.

Esta historia me dolió escribirla, pero también me pareció necesaria. Lo hice por todas aquellas que siguen desaparecidas, por todas aquellas que sufrieron el atroz final de la violencia de este país y, por sobre todo, por aquellas que no pierden la esperanza de encontrar a los suyos. A las Madres Búscadoras.

La Eterna Búsqueda


Se recargó sobre la silla tratando de hacer un ángulo agudo contra su espalda, el crujir de los huesos le detonó una eventual satisfacción, se levantó de la mesa y llevó el libro de sus manos a la repisa. Una risa involuntaria le salía cada vez que veía esa extraña inclinación de la madera.

Se asomaba a la ventana, mirando el río de luces de los coches allá abajo, sintiendo que el mundo entero le cabía en las manos. Era dueña de su hambre, de su cansancio y de su tiempo. La capital le daba un nosequé que provincia nunca le otorgó a Maria.

El viento de la noche soplaba tibio, arrastrando el olor a asfalto viejo y a gasolina quemada.

Pero el olor a gasolina empezó a agriarse en la memoria.

El zumbido constante de los motores se fue torciendo, alargándose hasta volverse un rumor de voces roncas. Un lamento de gargantas secas que exigían lo que nadie quería devolverles.

La luz de las farolas de la capital se volvió, de golpe, un sol blanco y despiadado.

La madre parpadeó, ciega por el resplandor. Estaba atrapada en medio de la avenida arrastrando los pies en el tumulto de la marcha, con un retrato de cartón colgado al pecho. Las rodillas le temblaron. El hambre, la sed y el cansancio de meses enteros escarbando en los cerros le cayeron encima. El cielo dio una vuelta completa y la opresión en el cerebro la derrumbó.

Y antes de que su cara golpeara el suelo, unos brazos recios la atajaron en el aire.

—¡Flavio, ayúdala! —escuchó la voz de una mujer lejana.

El joven la acomodó con una fuerza tranquila en medio del tumulto. La madre, buscando aire, levantó la cara y se encontró los ojos. Eran ojos de agua estancada, quietos, que la miraban desde una hondura donde no había ninguna lástima. Con los labios partidos y deshidratados, alcanzó a murmurar un hilo de gratitud. Esa mirada quieta se le quedó clavada. Y de pronto, el rostro del joven se fracturó, deshaciéndose en una nube espesa.

La madre tosió con violencia, jalando aire. Sintió de nuevo el sostén de las manos, unas manos viejas, huesudas y heladas. Estaba sentada en un piso de tezontle. El humo denso del copal le lloraba en los ojos, y esa voz resonaba desde un rincón oscuro y profundo, trayéndola de vuelta a la penumbra del presente.

La tos le rasgó la garganta. La madre escupió el humo y abrió los ojos, pero la ceguera seguía ahí, nomás que ahora era una ceguera oscura, y frente a ella, Maguito. No parecía una mujer, sino un montón de raíces secas con un rebozo encima.

—No traigo con qué pagarle —dijo la madre. La voz le salió a pedazos, como si tuviera tierra en la boca. Maguito no se movió. Acomodó una brasa en el anafre con los dedos pelones, sin que el fuego pareciera hacerle daño.

—Aquí no agarramos dinero, mujer. Eso nomás sirve allá afuera, donde los vivos hacen sus tratos —murmuró la curandera, sin levantar la vista—. El costo para cruzar a donde no entra la luz se paga con la propia carne. Para encontrarla hay que desenterrar la memoria, y la memoria duele. ¿Estás dispuesta a aguantar el tiro?

La madre asintió despacio. A estas alturas ya no le tenía miedo a la muerte, sino a la duda, a esa esperanza maliciosa que no la dejaba en paz. Con las manos temblorosas, sacó de entre sus ropas un suéter delgado, todavía arrugado, guardando en sus hilos la forma de un abrazo. Se lo entregó. Maguito tomó la prenda. La olfateó como los animales que buscan algo y luego la dejó caer sobre sus rodillas.

—¿Cómo se llama la niña?

El silencio en la choza se hizo de plomo. Ese nombre llevaba meses atorado en la garganta de la madre, ahogándose entre consignas de megáfonos y expedientes olvidados, pero ahí, en medio de la penumbra, sonó pequeñito, como un pájaro herido.

—María —respondió—. Se llama María.

Maguito le acercó un cuenco de barro rasposo hasta los labios. Adentro había un líquido espeso, oscuro, que olía a monte podrido y a raíz amarga. La madre cerró los ojos y bebió de un solo trago. El líquido le bajó por la garganta como un nudo de alambre de púas. Entonces empezaron los rezos. La voz de Maguito dejó de ser la de una anciana y se volvió un zumbido, un enjambre de avispas que le taladraba los tímpanos. El humo del copal se hizo un nudo apretado que borró las paredes del cuarto.

La madre intentó jalar aire, pero los pulmones se le cerraron en seco. Un peso de piedra le aplastó el pecho. Sintió que se iba, que se desprendía de su propio pellejo, cayendo de espaldas en un pozo sin fondo donde la oscuridad era total. Y en medio de esa asfixia atroz, el olor a resina quemada se fue diluyendo, adelgazándose, hasta volverse de a poco el aroma dulzón del pasto recién cortado.

Cuando abrió los ojos, la luz era blanca, seca, de esa que rebota contra el asfalto. Estaba sentada en la orilla de un parque. A su alrededor, un murmullo suave de palomas, hojas secas arrastradas por el viento y el aire limpio de un mediodía tranquilo.

Intentó llevarse las manos a la cara para limpiarse el sudor del trance. Las manos que se movían eran unas manos jóvenes, de piel lisa, con las uñas despintadas. Sintió la espalda erguida, el peso del pelo largo cayéndole sobre los hombros y el latido ligero de un corazón joven. Podía oler el perfume dulce de durazno, sentir el tacto rasposo del pantalón de mezclilla contra sus muslos y la frescura de una risa que podía saborear a fresa.

De pronto, una sombra cortó la luz del sol.

—¿Se puede? —preguntó una voz baja, amable, que traía un dejo de timidez estudiada.

Levantó la vista. Frente a ella estaba un muchacho. Llevaba una chaqueta gastada y una sonrisa que le arrugaba las comisuras de los ojos.

El aire se le cortó de tajo al toparse con esos ojos de agua estancada.

—Gracias, Flavio.

Se sentó a su lado y le rozó la rodilla con los dedos. Un toque ligero, casual. La piel se erizó entera.

La memoria empezó a diluirse entre espesos hilos de humo.

El sol del parque se apagó cómo una vela. La claridad inmensa de la capital se achicó hasta volverse una luz enferma, parpadeante, que escurría de un foco pelón colgado del techo.

Ya no estaba en la banca. Estaba arrinconada contra las tablas desvencijadas de una casucha. Flavio ya no sonreía; tenía la mandíbula apretada y una rabia sorda retumbándole bajo la piel, hinchándole las venas del cuello.

—¿A dónde ibas? —preguntó. Su voz ya no tenía amabilidad —. Te dije que no tenías nada que hacer en la calle.

—Perdón Flavio, nomás salí a la tienda... —su voz ya no era la de la muchacha dueña de su tiempo; era una voz rota, ahogada por un llanto viejo de animal acorralado.

Sintió el impacto antes de verlo. Un golpe ciego en el pómulo que le sacudió el cráneo, la tiró al piso de tierra y se le llenó la boca con el sabor espeso de la sangre. El ardor en la mejilla traspasó hasta la nuca, mezclado con ese miedo primario que afloja las piernas, y la humillación del cerrojo pasándose por fuera de la puerta.

—Tú de aquí no te mueves. Tu eres mía —le susurró, sujetándola del pelo contra el polvo.

El tiempo se desbocó en un espiral de noches iguales, apretadas unas contra las otras. Empujones en la penumbra, los ruegos sofocados contra una cobija sucia y la certeza asfixiante de que nadie vendría a buscarla a esa orilla del mundo. Experimentó cada encierro, cada insulto, sintiendo cómo la voluntad de esa carne joven se iba secando, rindiéndose, hasta llegar a la última madrugada.

Bajo un cuarto oscuro y aprovechando la respiración acompasada del hombre, dio dos pasos descalza hacia la salida, apretando las manos contra el pecho con lo poco que le quedaba de vida. Pero la madera traicionera crujió bajo sus pies.

Flavio abrió los ojos.

No hubo gritos ni reclamos, solo el zarpazo rápido de una bestia. La alcanzó antes de que sus dedos rozaran la perilla. La tiró de espaldas y se le montó encima. El peso muerto de aquel hombre le aplastó las costillas. Pataleó, arañó las tablas buscando de dónde agarrarse, le metió las uñas en los brazos gruesos, pero fue inútil.

Las manos de Flavio se cerraron alrededor de su cuello como un torniquete de acero. Sintió la presión brutal sobre la tráquea cortando de tajo el oxígeno. Los pulmones ardieron como brasas, implorando un hilo de aire, mientras el cartílago cedía con un chasquido ahogado. A través de las pupilas dilatadas, vio por última vez la cara de Flavio: una cara furiosa y llena de odio, mirándola morir bajo el parpadeo amarillo del foco.

La vista se le fue oscureciendo por las orillas, comiéndose la luz. Luego vino la negrura total. El roce rasposo de las ramas y la maleza cortándole la cara mientras era arrastrada de los tobillos por la tierra húmeda de un patio. Y, al final, el peso helado del primer puñado de lodo cayéndole directo sobre los ojos abiertos.

La madre jaló aire con un estertor que le rasgó el pecho. Despertó tirada con las manos aferradas a su propio cuello, arañándose, tratando de arrancarse unos dedos que ya no estaban ahí. Tosió con violencia, escupiendo una flema con sabor a asfixia de una muerte ajena.

Maguito seguía en su rincón, impasible, moviendo las brasas como si el tiempo se hubiera quedado estancado.

Entre la humareda espesa del copal, la luz cobriza dibujó una silueta. Era una sombra delgada, tejida con el mismo humo que se iba deshilachando de a poco. No tenía un rostro claro, pero la madre la reconoció de inmediato.

Quiso estirar los brazos cansados, quiso hablar, pedirle perdón por llegar tarde, por no haber estado ahí. Pero la voz se le había quedado atorada en el pescuezo. La silueta se mantuvo quieta, suspendida en un silencio donde el dolor y el miedo ya no tenían cabida. De la forma brotó un murmullo. No era el eco ronco de la marcha, ni el zumbido de los rezos; era una voz de agua mansa, muy cansada de tanto escurrir.

—Ya no me busques, mamá —susurró la sombra—. Ya me encontraste.

El humo se rompió de golpe, tragado por la oscuridad del lugar. No hubo caminos de regreso, ni llantos largos, ni traslados en camión. La memoria del cuerpo fue suficiente brújula.

Las manos de la madre, que instantes antes arañaban el tezontle, ahora estaban hundidas hasta las muñecas en el lodo negro de un patio lejano. Estaba de rodillas detrás de la casucha desvencijada, tragada por la maleza. La luz de la luna blanqueaba los matorrales altos, sordos al ruido del mundo. No llevaba palas ni fierros. Enterró las uñas rotas en la tierra fría, escarbando a ciegas, guiada únicamente por su dolor fantasmal, por ese latido ahogado que todavía le palpitaba en la tráquea.

Escarbó sin descanso, sin soltar una sola lágrima, aventando puñados de fango y raíces podridas hacia los lados. Siguió arañando la humedad de la noche, rasgándose la piel de los dedos, hasta que al fondo de la fosa sus manos ensangrentadas chocaron, por fin, contra la blancura lisa y callada de los primeros huesos.

—Mi Maria bonita.

—Mi María, marchita.

Y entonces, se soltó a llorar desconsoladamente.

Jorge Hernandez :: http://jorgeluis.com.mx

Publicaciones que te pueden interesar...

El Evangelio de Judas

Este es, mi segundo relato de Octubre. Participó en la dinámica de RL (Temática sobre Zombies) y obtuvo el increíble 3er lugar. ¿El reto?, escribir un relato sobre 'Zombies'.