Este es otro de mis nuevos relatos que escribí para el grupo de escritores al que pertenezco. El reto ahora era crear un cuento sobre un superhéroe con una habilidad creativa y una limitante. ¿Y si el ‘superhéroe’ fuera un mexicano con la habilidad de descubrir a los corruptos ?

Salvatierra

El problema de nacer con una habilidad extraordinaria en un país tercermundista es que nadie te explica el bochornoso trámite de jubilación. A Julián Salvatierra le tomó casi 50 años entender que la única forma de renunciar a su condición era encerrarse en el patio de su casa y mandar al carajo a la humanidad.

Hoy es un tipo pacífico que anda en camiseta de tirantes, lija maderas para armarse sus propios muebles y vigila con una devoción religiosa la temperatura de la olla que usa para preparar el café. Si uno lo ve de lejos, con esa calma de hombre derrotado pero feliz, jamás adivinaría que pasó la mayor parte de su vida aguantando las ganas de vomitar cada vez que salía a la calle. ​ Porque el don que le tocó en suerte a Julián no servía para volar ni para frenar trenes con el pecho; era, más bien, una condena escatológica. Julián tiene la capacidad de ver el historial de transas y sobornos de cualquier persona escrito en unos subtítulos amarillentos que flotan sobre sus frentes.

Pero la verdadera tragedia, la letra chica de este contrato perverso, es que la corrupción ajena le entra por la nariz. Cada vez que Julián lee un pecado moral, el aire a su alrededor se impregna de un tufo insoportable a cañería tapada.

Cualquiera juraría que semejante calvario comenzó en un callejón oscuro o enfrentando a un mutante, pero las peores tragedias siempre ocurren en pantuflas. Uno pensaría que le cayó un rayo, o que se comió una quesadilla radioactiva para obtener semejante cualidad.

La realidad es que posiblemente nació con ello, pero no se le presentó al instante. Los primeros indicios habrían sido entonces cuando era cría, cuando amén de chupar la teta, lo engañaban con la mamila y entonces soltaba el llanto como si el tímpano aguantara semejante percusión.

Pero el debut oficial de su desgracia ocurrió a los 6 años. Fue una de esas tardes de domingo que huelen a caldo de pollo. Julián estaba tirado boca abajo en el piso de mosaicos despintados haciendo chocar a dos luchadores de plástico duro. El Santo en la mano derecha y a Octagón en la izquierda, obligándolos a sostener una llave imaginaria que la rigidez barata del plástico no permitía. Sonó el metal en la cerradura. Era el ruido inconfundible de las llaves de su padre que supuestamente regresaba de romperse el lomo haciendo horas extras.

Julián soltó a los luchadores y levantó la carita esperando el abrazo. Fue ahí cuando miró hacia arriba y vio flotar por primera vez esos malditos subtítulos amarillos, nítidos y brillantes. El muchacho apenas si sabía garabatear las vocales, pero su cerebro tradujo el texto de golpe: «Le juró a su mujer que trabajaba doble turno, pero viene de revolcarse con otra». Con El Santo tirado en el mosaico y la nariz inundada de un repentino olor a retrete público, el pequeño Julián descubrió su primera gran lección: los peores monstruos no usan máscara.

El problema de perder la inocencia a los seis años es que te arruina la infancia.

Cuando Julián entró a la escuela, albergaba la secreta esperanza de que la educación pública fuera un santuario libre de olores. Se equivocó. Su primera gran decepción institucional la vivió en tercer grado con el profesor Mendieta, un señor de bigote triste y panza chelera.

Julián estaba sentado en la primera fila cuando Mendieta le entregó el examen con un diez perfecto al hijo del regidor municipal; el peor alumno del salón. Julián levantó la vista hacia la frente del maestro y ahí estaba el letrero luminoso: «Le regaló la calificación al niño para que el padre le quite tres multas de tránsito por manejar borracho». El salón entero, que un segundo antes olía a tiza, se llenó de un tufo espantoso a basura echada a perder. Julián tuvo que pedir permiso para ir al baño a vomitar, entendiendo por fin que el sistema estaba podrido desde la raíz.

El muchacho creció esquivando a la gente. Terminó la secundaria a duras penas, y no por falta de inteligencia, sino porque cualquier aula escolar terminaba apestando a miseria.

En un pueblo de tierra suelta, si naces pobre y encima te da asco la moral ajena, las opciones de vida se reducen a buscar oficios solitarios. No le quedó más remedio que buscar oficio en el campo, igual que su abuelo. Agarró las tierras que el viejo había dejado allá arriba en la sierra y se dedicó a sembrar maíz por años, perdiéndose entre las milpas, donde el único olor que respiraba era el de la tierra mojada.

Pero en este país, hasta el aislamiento tiene dueño. Fue una tarde de domingo cuando un puñetazo lo tumbó de sopetón entre los surcos, le taparon la cabeza y se lo llevaron a trompicones derrapando en una camioneta. Los gritos y tumultos no lo bajaban de “cabron”, “ya te cargo la verga” u “orita vas a ver al Patrón”. A Julían se le metió el miedo hasta los huesos.

Cuando le arrancaron el trapo de la cabeza y antes de poder mirar hacia algún lado, sintió hundírsele en el estómago la punta de una bota afilada. Al tercer segundo tenía el frío cañón de una Glock apuntándole en la frente. Lo habían emboscado para hacerse de sus tierras y sembrar amapola. Casi se le salía el alma.

Apretó los ojos esperando el disparo, pero cuando se atrevió a parpadear, enfocó la vista más allá de la pistola. Frente a él, mirándolo desde arriba con los pulgares metidos en el cinturón, estaba el Patrón.

Julián contuvo la respiración por puro instinto, esperando el asco, pero no pasó nada. El aire olía a tierra seca y a sudor, nada más. La experiencia le dictaminaba que si no había hediondez en alguien no había corrupción. Era, de una forma enferma y macabra, un criminal pulcro; un tipo de palabra que posiblemente nunca en su vida había traicionado a los suyos.

El verdadero problema estaba a medio metro. El lugarteniente que sostenía la Glock pegada a la cabeza de Julián tenía su propio letrero brillando en la frente, y ese sí que apestaba a animal podrido, el olor casi lo hace vomitar pero el miedo le contuvo los dientes, apretándolos fuertemente. —Le está jugando chueco patrón, se chingó el dinero de la frontera y lo va a entregar a los Tuertos —dijo sin vacilar Julián. Hubo una pausa dantesca, se escuchó el jalón del gatillo y en menos de un aleteo sonó seco el disparo. El lugarteniente cayó pesado como un bulto de cemento. El Patrón fue rápido y preciso.

Julián no aguantó y vomitó de inmediato sobre el cadáver tirado a sus rodillas mezclando su escoria con la sangre. Para el Patrón, lo que dijo el muchacho solo fue el ápice de una sospecha que ya conocía sobre su hombre, y que de alguna forma simplemente le hizo tomar la decisión inmediata.

—Ese pinche Pedro ya me tenía hasta la madre —vociferó sigilosamente. Sus hombres quedaron estupefactos ante el jefe estoico. Si algo lo distinguía por sobre lo sanguinario, era la astucia y rectitud. A Pedro ya lo traía entre las cejas.

No apartaba los ojos de Julían, como tratando de resolverlo. El muchacho apenas y se reponía de lo acontecido, entre el dolor abdominal, el lodo en la frente y las manchas de sangre sobre su pecho.

—¿Cómo sabías lo del traidor? —le preguntó.

—Lo veo en la frente de la gente Patrón —balbuceó el muchacho tratando de limpiarse los restos con los hombros. Varios hombres rieron burlonamente, pero no el patrón que aún clavaba su mirada. El Patrón hizo traer al Tronco, otro de sus hombres del que tenía sospecha de posible cómplice con el reciente cadáver. Lo hizo poner de frente con Julián y ahí estaba el maldito letrero amarillo impregnado de olor a estiércol. «Escondió la mitad de los fajos en la llanta de refacción y ya pactó con los Tuertos la emboscada de mañana en el cruce de la Mocha».

—¿Y bien? —apuró el Patrón poniendo su mano sobre la funda.

El Tronco sintió un terror frío al ver en el piso el cadáver del lugarteniente.

—Tiene… tiene escondido el dinero en la troca, lo van a entregar mañana, a usted Patrón, en el cruce de la Mocha —dijo aún carraspeando y tragando saliva.

El Tronco se puso tieso, rígido como una roca y antes de suplicar perdón, una bala le atravesó la nuca. Julián volvió a vomitar.

La intuición del Patrón era fina, y la muestra que dio Julián le fue suficiente después haber encontrado los fajos de billetes escondidos. La propuesta vino inmiscuida entonces en la salvación del muchacho, en lugar de quitarle la tierra le propuso trabajar para él.

A Julían le quitaron el azadón y lo embutieron en camisas de lino que le picaban en el cuello. Los rumores entre los integrantes del cartel corrieron como pólvora; se decía de un campesino que leía la mente, un profeta que podía divisar el futuro y del que todos comenzaron a temer en cuanto escuchaban de su presencia. Algunos creían que cubriendo sus cabezas y sus frentes estaban a salvo, pero eso era inútil.

Julían tuvo que comer arcadas a partir de entonces cada que le pedían leer la frente de algún malandro. Luego, presenciaba los atroces actos de justicia del Patrón. Cada muerte le pesaba en el alma. A cambio comenzó a tener lo que en su vida nunca tuvo, todo en contra de su voluntad, porque el Patrón lo llenaba de lujos pese a que el muchacho no pedía nada.

No pasó mucho tiempo antes de que el Patrón se diera cuenta de que el don del muchacho valía oro en las grandes ligas. Habían pactado entonces un acuerdo con los dirigentes más codiciosos del Partido Revolucionario Nacional para financiar la seguridad y las campañas electorales, y que a cambio de ganar la presidencia le otorgarían libre acceso a todo el territorio del país.

La reunión cumbre se armó en la terraza de un rancho a puerta cerrada. López, llegó armado de guaruras, vestido con una camisa blanca impecable y con esa sonrisa mansa de los que se saben adorados por la multitud. Se sentó a la mesa, pidió un vasito de agua simple para no perder la costumbre de verse humilde.

A dos metros de distancia, arrinconado en una silla, Julián se estaba asfixiando.

Cuando el candidato empezó a recitar su discurso, el letrero amarillo que le brotó en la frente no era una oración corta; era un maldito testamento. Pero lo verdaderamente insoportable era el olor. No apestaba a sangre seca ni a la traición de poca monta de los sicarios. Era un tufo a gran escala, denso, uno que nunca había olido en su inmunda vida. Olía a expropiación.

Julián, que no era estudiado sabía perfectamente cuánto dolía el hambre, leyó horrorizado los subtítulos. El Candidato no planeaba traicionar únicamente al cártel; ya había vendido la patria entera. Tenía pactado por debajo de la mesa con los gringos entregarles medio territorio fronterizo, rematar las reservas petroleras y cederles el control absoluto de las costas.

Para Julián, el golpe fue directo al estómago. Él venía de allá, de romperse el lomo, de arar la tierra, de tragar frijoles todos los días. Entendió de pronto que si López llegaba a la presidencia, los primeros en ser despojados y borrados del mapa iban a ser los suyos: los campesinos, los jornaleros, los que no tenían ni en qué caerse muertos.

Julián miró al Patrón. El jefe ya levantaba su vaso tequilero para sellar la alianza. Si ese trago bajaba, el destino del país estaba echado. El muchacho supo en ese instante que la única forma de salvar su tierra, y de paso arrancar su propia cabeza de ahí, era dinamitar el cuarto entero.

​Tenía que hacer algo que no había hecho en toda su maldita vida: usar su condena para orquestar una masacre. Tragó saliva, dio un paso al frente y soltó la bomba directamente al instinto de supervivencia de su jefe.

​—Le está tendiendo la cama, Patrón —dijo Julián. La voz le salió seca, como piedra molida—. El Candidato quiere que usted le limpie las plazas, pero ya pactó con los gringos. El día de la protesta, su cabeza Patrón, es el trofeo. Va a mandarle a todo el ejército para reventarlos y verse como un héroe nacional.

​El Patrón se quedó rígido. El orgullo de un criminal nunca soporta que le vean la cara de idiota.

​Pero en el instante en que esa mentira salió de su boca, Julián sintió que algo se le quebraba en el pecho. Por primera vez en toda su vida, el tufo a podredumbre no vino de la frente de alguien. Vino de sus propios pulmones. ​Había cometido un acto de corrupción monumental. Acababa de ensuciarse las manos manipulando el destino de una nación entera y condenando a dos bandos a una carnicería.

​El hedor de su propia inmundicia le subió por la garganta como ácido de batería. Sintió que las vías respiratorias se le derretían. Cayó de rodillas sobre la duela soltando un alarido sordo. Un chorro de sangre negra y espesa le empezó a escurrir por la nariz. Su maldición le estaba cobrando el peaje por corromper su alma.

​A través del dolor escuchó cómo el Patrón estrellaba el vaso contra la pared. Ciego de furia por la traición, el jefe del cártel desató el apocalipsis. Sacó la pistola y sin mediar palabra, le metió dos tiros en el pecho al Candidato. A López se le borró la sonrisa de un plumazo; no alcanzó ni a meter las manos antes de desplomarse.

​En menos de un segundo, la terraza se convirtió en una carnicería. Los escoltas del partido reventaron las puertas a patadas, escupiendo fuego con armas largas, mientras los sicarios del Patrón respondían volcando las mesas y vaciando los cargadores. El aire se llenó de gritos, cristales rotos y astillas volando por todas partes.

​Tirado en el suelo, ahogándose con su propia sangre y sordo por el estruendo cerrado de las ráfagas, Julián se arrastró como un gusano. Pasó por debajo de las sillas, esquivando casquillos calientes y cuerpos que caían a su lado. Aprovechó el cruce de fuego para escurrirse por la puerta de servicio. Corrió a ciegas por los jardines de la hacienda y se tiró por un barranco.

El asesinato del candidato presidencial fracturó a la organización desde adentro. Sin la protección política que esperaban y con la paranoia al límite por la supuesta traición, las cabezas del cártel se voltearon unas contra otras. Al Patrón lo acribillaron sus propios hombres en la sierra semanas después. Sin líder, la maña se dividió en múltiples células que terminaron despedazándose entre sí.

​La verdadera bomba estalló meses después, cuando una investigación del Washington Times sacó a la luz los documentos. El diario filtró al mundo entero los contratos, audios y concesiones fantasma que demostraban que el difunto Candidato planeaba rematar el territorio nacional y entregar la soberanía. El partido se derrumbó desde sus cimientos y el nombre de López pasó a la historia como el del mayor traidor del país.

​Lejos de ahí, malherido y con la cara deshecha, Julián había logrado treparse a la caja de un tráiler de redilas. Cuando por fin pudo tomar una bocanada de aire sin ahogarse, descubrió el milagro más triste de su vida: el aire ya no olía a nada.

​Por eso a Julián Salvatierra le tomó casi 50 años entender el bochornoso trámite de jubilación. Perdió el olfato para siempre aquel día en la balacera, quemado por su propia mentira. Hoy, es solo un tipo pacífico en camiseta de tirantes que lija maderas y toma café. Si uno lo ve de lejos, con esa calma de hombre derrotado, jamás adivinaría que fue el mentiroso más grande del país; el cabrón que se tragó su propia escoria para salvarle la tierra a millones.

Jorge Hernandez :: http://jorgeluis.com.mx

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