Me alegra compartir con ustedes este primer relato con el que participé en una dinámica de un club de lectura y escritura (MDE). Sumado al reto de "volver a escribir" despues de tanto tiempo, la dinámica involucraba escribir un relato bajo ciertas condiciones:

Narrador no Humano:

🪶 En esta dinámica se buscará explorar las vivencias de un ser no humano desde su propia perspectiva, puede ser un alien, un monstruo, un animal, una planta, un engendro, esto solo por poner algunos ejemplos. Tu mente perturbada y alejada del buen camino es el límite.

👁️ Lo ideal es que se aleje lo más posible de la forma humana / antropomorfa

Se dará valor a la descripciónes del cuerpo que se sientan creíbles verosimiles o intenter acercarse a lo real.

🎯 Objetivo:

Escribe un relato donde tu protagonista no tenga nada que ver con una figura humana. 🫵 Te hablo a ti en específico que de seguro ya estás usando el 100% de tu creatividad para meter gatos.

Requisitos para participar:

📚 Lecturas de referencia (opcional):

Dicho lo anterior, me puse a escribir...

Los primeros días, una idea me daba vueltas: dentro de mi, queríá rendir tributo a una de mis lecturas favoritas de este año "Project Hail Mary" de Andy Weir, y por otro, cómo fan del horror cósmico, quería hacer uso de una atmósfera lovecraftiana. Así pues, esta historia es narrada por un Eridiano (si, pariente cercano de Rocky), raza que, por las condiciones evolutivas de su planeta y estrella, carecen de sensores visuales como los humanos (ojos), pero con una gran capacidad auditiva evolcionada para ejercer ecolocalización y ver a traves de las cosas.

Sin mas dilación, les presento, Mas allá de Ghrûm.

Mas allá de Ghrûm

A ocho ciclos de eco de mi posición, Brakar emitía un zumbido armónico y continuo. Era su acorde de estado, la validación física de que sus niveles de presión eran óptimos y de que su mente procesaba mi presencia.

Nos encontrábamos inmersos en la rutina de telemetría exterior, una tarea de depuración sistemática donde leíamos los surcos acústicos de las sondas para mapear la fricción gravitacional en los bordes de nuestro sistema. Durante todos mis ciclos de existencia, ejecuté este procedimiento mecánico bajo una convicción inquebrantable: el universo entero funcionaba como un sistema termodinámico cerrado.

Entonces, la presión de la sala cambió.

Un chasquido pesado, seguido por el violento silbido de gas comprimido, interrumpió la armonía del observatorio. La válvula neumática principal de la pared escupió un cilindro masivo de Xenonita en la bandeja de recepción. Era el registro de la Sonda 8, de regreso desde las coordenadas oscuras más allá de Ghrûm. Brakar detuvo su zumbido de inmediato, sumiéndonos en un instante de silencio profundo.

Percibí cómo las extremidades de mi compañero tamborileaban en un rápido compás de anticipación. Conecté los tensores de mi caparazón y me desplacé hacia la bandeja. Emití una ráfaga aguda, un tlak-tlak concentrado que rebotó contra el metal recién llegado. El cilindro de Xenonita era masivo, surcado por miles de microestrías físicas que contenían los ecos del vacío.

Extendí tres de mis brazos para levantar su peso muerto. Se sentía gélido, impregnado con la hostilidad térmica del exterior estelar, pero el flujo caliente de mi sangre metálica compensó la diferencia al contacto. Lo transporté hasta el núcleo de lectura en la consola central. Ajusté la inclinación y deslicé el cilindro en la ranura. Encajó con una fricción limpia y exacta, un acoplamiento perfecto de ingeniería.

—Alineando agujas de reproducción — hice vibrar mis membranas vocales. — Preparando receptores para depurar la estática.

Ajusté la tensión de mis tímpanos primarios. Esperábamos recibir el choque desordenado del polvo cósmico contra el chasis de la sonda. Una métrica caótica, por supuesto, pero matemáticamente natural. Ruido blanco que podríamos aislar.

Inicié la tracción mecánica. El cilindro comenzó a girar. Pero lo que emergió de la consola no fue un eco estelar, sino un abismo absoluto; una disonancia cognitiva que no pude digerir al instante.

No hubo fricción. No hubo presión acústica. Lo que salió de la máquina fue un sonido que succionaba. Una aberración termodinámica; un eco inverso que, en lugar de sumar energía cinética al ambiente, comenzó a drenarla.

El impacto fue inmediato. Sentí cómo la temperatura sobre la superficie de mi caparazón caía en picada, desafiando cualquier ley de conservación de la energía. Un frío lacerante y antinatural comenzó a ralentizar mi flujo metálico interno.

Mi mente intentó aislar la variable, procesar el fallo geométrico como si se tratara de un hilo residual en los tensores de la consola, un simple error de hardware. Emití un chasquido agudo de alerta, un tlak desesperado para remapear las dimensiones de la habitación y triangular el origen del vacío.

Pero el sonido no regresó.

La frecuencia que brotaba del cilindro devoró mi eco en el aire antes de que pudiera tocar la superficie de las paredes. Mi percepción tridimensional se desmoronó por completo. Y de pronto, el observatorio no tenía tamaño, ni forma, ni densidad. Era una nada insondable. Por primera vez en todos mis ciclos de vida, me estaba quedando ciego.

—¡Brakar! —hice vibrar mis membranas vocales en nuestro acorde de emergencia, forzando la máxima amplitud.

La respuesta no llegó por el aire, sino a través de la vibración del suelo. Al principio, sentí cómo mi compañero forzaba sus resonadores, emitiendo un pulso ensordecedor en un intento desesperado por "depurar" el eco inverso; trataba de sobreescribir la matemática rota inyectando la máxima energía cinética de sus pulmones.

Pero el vacío devoró su frecuencia en un instante.

Fue entonces cuando su postura colapsó. Sus extremidades empezaron a raspar la roca en un frenesí errático, intentando generar fricción física para llenar aquel vacío acústico que le estaba perforando la psique. Él no estaba preparado para un universo que no cuadrara en nuestras ecuaciones. Para él, la pérdida de la armonía axiomática era el fin de la existencia. O eso deduje en mi ingenua lógica estructural.

Me aferré a los bordes de la consola central, calculando el nivel de estrés de los materiales para forzar una detención mecánica del lector. Entonces, palpé el verdadero horror. El cilindro masivo no estaba girando. El mecanismo de tracción estaba completamente paralizado y congelado. El sonido, esa densa succión de energía, estaba brotando del vacío mismo alrededor de la máquina.

Mi extremidad rozó la superficie de la consola. La Xenonita, el compuesto sintético inquebrantable que representaba el pináculo de nuestra ciencia de materiales, no se estaba agrietando bajo la anomalía térmica. Estaba fluyendo.

El panel sólido se derretía bajo mi tacto, reconfigurándose en espirales y ángulos agudos que mi cerebro no podía procesar; formas aberrantes que absorbían cualquier vibración y desaparecían por completo de mi comprensión geométrica. El material había dejado de obedecer a las leyes de nuestra presión planetaria.

—Tlak-Nár... —la voz de Brakar vibró a través de la roca.

Lo que emanó de sus membranas fue un acorde sostenido de una simetría incomprensible. Estaba produciendo una oscilación que, por leyes de acústica básica, exigía el peso de una estrella distinta a la nuestra para existir. No era una reacción de pánico. Era obediencia estructural; la entidad había secuestrado sus fluidos, afinando su caparazón rocoso para convertirlo en el altavoz de una geometría inaudita.

Concentré mi escasa percepción táctil en las vibraciones del suelo. El frenesí de sus cinco brazos no era el colapso errático de un sistema en pánico. Era un trabajo de precisión absoluta. Estaba raspando la roca base y la Xenonita ablandada para tallar. Estaba esculpiendo esos mismos ángulos incomprensibles que yo no podía asimilar, sincronizando sus movimientos al milímetro con el ritmo opresivo de la anomalía que drenaba la sala. Brakar no estaba intentando defenderse del vacío; lo estaba documentando, lo estaba adorando con la devoción de un nuevo dogma.

Una conclusión sistemática, fría e innegable, se estructuró en mi mente. El cilindro no contenía la estática de un astro muerto. Contenía el rastro metabólico de una entidad inmensa, suspendida en el frío absoluto del exterior. Y nosotros, al ejecutar su acústica a través de nuestra densa atmósfera, habíamos actuado como un diapasón a escala cósmica. La entidad había sentido la resonancia simpática. Nos había escuchado escucharla.

Sentí una tensión gélida perforando mi caparazón. El frío ya no era externo; la anomalía había penetrado mis defensas térmicas. El "eco inverso" estaba reordenando la estructura molecular de mis fluidos vitales. Mi propia respiración, antes rítmica y dictada por la gravedad de Ghrûm, comenzó a sincoparse, siendo arrastrada hacia el compás de esa respiración cósmica. Mis extremidades amenazaban con adoptar, contra mi voluntad, los mismos ángulos aberrantes que Brakar continuaba esculpiendo. No nos estaban atacando. Nos estaban reconfigurando para ser sus emisores.

El umbral térmico del observatorio alcanzó un punto crítico. Si esta frecuencia lograba filtrarse por los conductos de ecualización de presión y alcanzaba las bóvedas urbanas, la civilización entera se fracturaría. Nuestros dogmas axiomáticos serían reemplazados por la locura de un universo incomprensible.

Guiado por mi memoria espacial, palpé la pared hasta encontrar el mazo de percusión neumática, nuestra herramienta de emergencia para fracturar la escoria basáltica. Destruir la consola central era un esfuerzo inútil; el hardware era irrelevante cuando el código malicioso ya se estaba ejecutando en el aire. La resonancia ya habitaba en nuestros propios cuerpos.

Levanté la pesada herramienta sobre mi eje central. Ajusté el ángulo mediante un cálculo desesperado, evaluando la resistencia de materiales para encontrar el punto de ruptura exacto de mi cartílago auditivo.

Dolor; el primer impacto aniquiló mi receptor primario derecho con un estruendo de agonía estructural. El segundo aplastó el izquierdo. Continué percutiendo mis membranas secundarias, destrozando mi propia biología, hasta que la melodía hereje de Brakar, la succión del eco inverso y la fricción de mi dolor desaparecieron por completo. Hasta que el frío antinatural fue la única variable restante.

Colapsé sobre la roca, sintiendo mi pesado flujo metálico derramarse y mezclarse con el polvo de Xenonita. Ahora yazgo inmerso en la fobia primordial de mi especie: el silencio absoluto. No hay dimensiones. No hay ecos, no hay compañeros, no hay estrella. Solo esta nada infinita en el interior de mi caparazón roto.

Y, sin embargo, mientras mis sistemas entran en una latencia de la que jamás despertaré, me aterra una última variable que mis matemáticas no logran despejar: la espantosa duda de si mi inmolación fue lo suficientemente rápida para desconectar el enlace... o si eso ya viene en camino.

Jorge Hernandez :: http://jorgeluis.com.mx

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